El queso, uno de los ingredientes imprescindibles en la cocina internacional, se destaca por su capacidad para provocar sensaciones de placer y, según la ciencia, incluso puede generar adicción en algunas personas. La combinación de su sabor, su textura y la enorme variedad de tipos explica por qué el queso se mantiene como uno de los alimentos favoritos en distintas culturas y celebraciones.
La popularidad de este alimento ha llamado la atención de la comunidad científica, que indaga en los efectos bioquímicos, psicológicos y culturales que explican la dificultad de muchas personas para moderar su consumo. Expertos coinciden en que el atractivo del queso no solo reside en la variedad de aromas y texturas, sino también en su impacto sobre los sistemas de recompensa del cerebro, donde ciertos compuestos juegan un papel clave.
La ciencia detrás del placer que provoca el queso
Especialistas en nutrición destacan que el valor nutritivo del queso proviene de su composición: agua, grasas, proteínas (especialmente la caseína), lactosa, sales minerales y vitaminas liposolubles como la A, D y E. Cada variedad, entre las que destacan el cheddar, gouda, brie, roquefort, parmesano y feta, tiene sus propias características en sabor y origen, lo que permite su integración en una infinidad de recetas tradicionales.
Desde el punto de vista bioquímico, la caseína, principal proteína del queso, libera durante la digestión péptidos opiáceos. Estos compuestos pueden incidir directamente en el sistema nervioso, aportando sensaciones de placer similares a las de otros estimulantes naturales. Al consumir quesos con alto contenido de grasa y sabores intensos, el organismo favorece la liberación de dopamina, neurotransmisor asociado al placer y la recompensa, lo que puede generar un impulso recurrente al consumo.
Aporte cultural y social
Más allá de los factores químicos, el queso es protagonista en reuniones, celebraciones y eventos sociales, lo que refuerza el vínculo entre este alimento y el bienestar emocional. La experiencia sensorial se potencia gracias a estos lazos culturales, facilitando el deseo de incorporar el queso de manera constante en la dieta cotidiana.
De acuerdo con la literatura científica, si bien aún no hay evidencia concluyente que demuestre cómo el consumo de queso activa de forma específica los circuitos cerebrales de recompensa, los estudios sugieren una relación significativa entre la composición del queso y la percepción de placer asociada. Un ejemplo es una investigación publicada en la revista Neurology, donde se analizaron durante 25 años los hábitos alimenticios de 27.670 adultos suecos.
Impacto en la salud: alimentación equilibrada y riesgos
De los resultados de este estudio, los participantes que consumían a diario al menos 50 gramos de quesos ricos en grasa, como el cheddar o el brie, presentaron un 13% menos de riesgo de sufrir demencia en comparación con quienes comían menos de 15 gramos al día. Este dato sugiere que, además de sus efectos placenteros, el queso podría tener un rol protector en la salud cerebral cuando se incorpora de manera equilibrada.
No obstante, especialistas insisten en la importancia de considerar las diferencias individuales, que van desde la genética hasta los hábitos sociales y culturales, al analizar los posibles efectos del queso en cada persona. Una dieta variada y moderación en la ingesta siguen siendo claves para aprovechar los beneficios de este alimento sin que su consumo desemboque en hábitos poco saludables.
Mientras la ciencia continúa profundizando en los mecanismos que explican la fascinación por el queso, la versatilidad y el atractivo de este ingrediente mantienen su lugar privilegiado en la gastronomía y las tradiciones de distintos países, consolidándose como un favorito ineludible en la mesa global.

