Alireza Beiranvand volvió a convertirse en el salvador de Irán en una Copa del Mundo. El guardameta de 33 años fue la gran figura del empate sin goles frente a Bélgica este domingo en el SoFi Stadium de Los Ángeles, un resultado que mantiene con vida a la selección asiática en el Grupo G del Mundial 2026. Sin embargo, detrás de sus atajadas existe una historia de sacrificio, pobreza y perseverancia.
Nacido en la provincia iraní de Luristán, Beiranvand creció en una familia nómada de etnia luri y pasó gran parte de su infancia cuidando ovejas junto a su padre y hermanos. En sus ratos libres practicaba el Dal Paran, un juego tradicional que consiste en lanzar piedras a largas distancias y que años después le permitiría desarrollar uno de sus mayores atributos: un potente saque de manos que le valió un récord Guinness con una distancia de 61 mil 026 metros.
Su sueño de convertirse en futbolista no contó con el apoyo de su familia. Su padre consideraba que el deporte era una pérdida de tiempo y llegó a esconderle los guantes y los botines para impedir que continuara jugando. Decidido a perseguir su objetivo, el arquero tomó un autobús rumbo a Teherán siendo apenas un adolescente.
Los trabajos de Alireza Beiranvand
La llegada a la capital estuvo lejos de ser sencilla. Sin dinero ni contactos, pasó varias noches durmiendo en las calles y en los alrededores del estadio Azadi. Para sobrevivir trabajó como barrendero, costurero, lavador de autos y empleado de una pizzería mientras intentaba abrirse camino en el futbol.
Su consagración internacional llegó en el Mundial de Rusia 2018, cuando le detuvo un penal a Cristiano Ronaldo. Ocho años después, volvió a ser decisivo. Bélgica remató 15 veces y cinco disparos fueron al arco, pero Beiranvand respondió con seguridad y mantuvo su portería invicta.
De dormir a la intemperie y barrer calles a convertirse en el héroe de Irán en un Mundial, Beiranvand sigue escribiendo una de las historias más inspiradoras del torneo.


